Todo comenzó después de mitad de año del dos mil doce, de un momento a otro empecé a tener una serie de sueños bastante extraños y realistas, tanto así que me despertaba y sentía que aún estaba dentro del sueño. Fue por un lapso de tres meses, recuerdo especialmente unos cuatro o cinco sueños, porque me desperté muy agitado, y en el último no pude contener el llanto. El primero (y fue ciertamente una premonición) fue en un ambiente familiar, reconocí a toda mi familia, e incluso aquellos que no son familia de sangre, pero por lo compartido los siento como familia; estábamos allí sentados formando un círculo, todos hablaban de modo cordial y familiar, pero no recuerdo los diálogos en este momento suenan como distorsiones en mi memoria, lo cierto es que, de entre todos ellos salió una hermosa chica, con unos ojos que evocaban en mí, cada vez que del colegio volvía a la casa y miraba el cerro de Monserrate, ese eterno color donde choca la montaña con el cielo, ese hermoso color, la perfecta mezcla del verde con el azul; se acercó a mí, y me saludó, ahí comenzamos a hablar, de tantas cosas, luego de eso desperté, claramente un poco aturdido porque fue muy lúcido y podía recordar su rostro y su mirada. Y ahí comenzó la tortura, a partir de ese momento, comencé a soñarla, y soñarla, al principio ni me daba cuenta, luego después de un cierto tiempo yo ya sabía que era un sueño y que por ello -de cierta manera- podía hacer lo que quisiera.
Entonces, aquí llegó el segundo sueño que recuerdo, eramos nosotros, ahí sin nadie a nuestro alrededor, en una habitación un tanto oscura, y la única luz eran sus diáfanos ojos, que me miraban fijamente, yo estaba cerca de ella, y no podía contenerme, quería besarla, sentía que si no lo hacía jamás me perdonaría a mí mismo así que lo hice, y fue el mejor momento, sentí sus labios unirse con los míos; vi como se cerraban sus ojos y cerré los míos, cuando los volví a abrir estaba en mi habitación sin ella, había despertado. Desde ahí, sólo esperaba que anocheciera (cada día) para acostarme y soñar con ella, había soñado tanto con ella que ya sabía yo que no saldría de mis sueños. Así que durante un lapso aún más largo seguí soñándola, y soñándola y cada vez me sentía más feliz de que llegara la noche pero me atormentaba ver que salía el sol. Comencé a aborrecer el alba, el día, cualquier luz. Odie desde entonces, la luz del día. Luego, recuerdo, muy bien este sueño; estaba de nuevo junto a ella, estábamos mirándonos fijamente de nuevo, ella sonreía mientras la luna se asomaba por una ventana y le iluminaba el rostro, le brillaban sus ojos -nunca dejaban de hacerlo- eran casi que mi referente en aquella penumbra, decidido entonces (y aún sin saber la causa) comencé a recitarle sin parar al oído, ella sonreía más y me acariciaba el rostro, yo sólo quería decirle más y más poesía, extasiarla así, luego, por una ventana comenzó a aparecer el sol, y ella se fue desvaneciendo mientras yo repetía ya en mi habitación solo las últimas palabras: "y que la luna se esconda a media noche con tu diáfana presencia".
Ese fue un momento bastante triste, desde ahí supe que la razón de mi desdicha no podría ser otra que el día, porque él me la arrebataba en un segundo. Y así siguieron pasando los días, prestaba poca atención a todo lo que acontecía a mi alrededor, ¿para qué necesitaba algo tan mundano si lo tenía todo en un sueño? Siguieron pasando los días y las semanas, y en uno de esos tantos sueños recuerdo estar a su lado mirando al cielo lleno de estrellas, ella las señalaba y tomaba mi mano para señalar al mismo punto que ella estaba señalando, no pude resistir la tentación de verla a ella; yo no quería a las estrellas, ya la tenía a ella. Ella era la única luz que necesitaba en la oscuridad, mi única estrella para disipar las tinieblas; al volver a su rostro, me sonrío y me dio un tierno beso. En ese momento comencé a deslizar mis manos por su espalda, comencé a desnudarla lentamente, en cuestión de segundos su ropa estaba disuelta por todo el paisaje y yo tenía entre mis labios su cuerpo desnudo; fui recorriendo lentamente su cuello, su cuerpo, volvía a sus labios. Luego, después de tantos besos y caricias consumamos el acto, fuimos uno solo. Uno solo en el follaje espeso, uno solo en la densa niebla, uno solo bajo las estrellas. Cuando, después de agotar mi aliento disfrutando entre sus brazos miré su rostro, ella acaricio mis mejillas, pasó sus manos por mi cabello, me dio un beso y desapareció en el amanecer, mientras a lo lejos los gallos comenzaban a cantar y el cielo se empezaba a despejar. Desperté bastante contento y satisfecho, no sólo fue sexo -me decía en mi mente- hicimos el amor.
Siguieron pasando los días, hasta que sucedió la tragedia, era en inicios de octubre recuerdo bien, fue la última vez que la soñé, estaba ella junto a mí, y todo el mismo círculo de familiares distanciados de nosotros, se podía notar su desaprobación. Ella tomó mi mano y emprendimos la huida hacia las sombras, bajo la luna, ella me abrazó y nos quedamos así un largo rato; no hubieron palabras, ni una mirada, todo era silencio. Yo no podía hablar, estaba paralizado, pero al menos... al menos la tenía a mi lado. Luego (como si el destino se opusiera a que estuviésemos juntos) detrás de mí una fuerza me fue arrastrando mientras la luz fue avanzando; ella se quedó ahí atrás, con lágrimas en los ojos y yo impotente, no podía volver, ese día me levanté y me hundí en llanto. No podía contener las lágrimas ni el dolor, porque algo me decía (y no me equivocaba en absoluto, luego lo comprobé) que no la volvería a ver, y que ese sueño jamás se iba a repetir, y aún peor, que esa serie de sueños había encontrado su fin, y que por nada que yo hiciese la volvería a tener a mi lado.
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